Aquí te cuento cómo me fué.
Maternar hijos con discapacidad cansa, pesa y duele. Hablamos poco de eso. Y me parece terrible que, además, generalmente nos traguemos en solitario esas emociones.
Yo navegué el mar de la etapa escolar de mis hijos con discapacidad con marea alta y el mar picado. Con esto quiero decir que, simultáneamente, ejercía puestos profesionales de alto perfil y responsabilidad.
No estuve sola. Eso ayudó.
Pero me resultaba bastante retante gestionar lo que ahora puedo nombrar, aunque entonces ni siquiera sabía que tenía nombre: la sobrecarga mental.
¿Qué es la sobrecarga mental?
La sobrecarga mental por exceso de responsabilidades es, sencillamente, el peso de estar constantemente pensando, muchas veces en piloto automático, qué hace falta, qué puede pasar y qué hay que resolver antes de que surja una necesidad particular.
Y cuando esa responsabilidad familiar no se comparte de manera equitativa, las mamás nos agobiamos.
Los peligros de la acumulación de pensamientos inútiles
En ese estado de sobrecarga, el cerebro puede acumular un sinnúmero de pensamientos estériles o inútiles, sin conclusiones, que simplemente ocupan espacio y consumen energía mental, pero no aportan nada.
El miedo al qué dirán, las preocupaciones infundadas, las rumiaciones sobre eventos que ya pasaron son ejemplos de este tipo de pensamientos.
La mente puede llegar al punto de estar tan saturada de información de baja prioridad que incluso pierde capacidad para procesar adecuadamente lo que realmente importa.
Y cuando eso ocurre, el margen de tolerancia de una madre desgastada se hace cada vez más pequeño.
El contexto es importante
En Puerto Rico, desde donde escribo, la mayoría de las perspectivas sobre la crianza y escolarización de niños con discapacidad provienen de la realidad cultural y legal norteamericana, y se aplican aquí, entre otras razones, por motivo de la relación política entre los EEUU y Puerto Rico.
Una característica cultural que suele asociarse con la sociedad norteamericana es el énfasis en el individualismo, que puede dejar en segundo plano las redes familiares y comunitarias.
El consejo primordial que típicamente se brinda, desde las escuelas y las profesiones de apoyo, a las madres agobiadas por la sobrecarga suele centrarse en el autocuidado.
Y ese consejo es importante.
Pero, dado en el vacío, puede ignorar un elemento fundamental: la raíz de la sobrecarga mental.
¿A qué se debe la sobrecarga mental?
La sobrecarga mental puede surgir cuando esa carga invisible de sostener toda la logística familiar —incluyendo todo lo relacionado a las necesidades de nuestros hijos con discapacidad— recae de forma desproporcionada sobre la mujer.
En mi caso particular, vi la separación y el divorcio como una opción para ayudar a bajar mis niveles de agobio.
Recuerdo que llegué a decirle a mi terapeuta que sentía como si tuviera tres hijos, porque el seguimiento que debía dar a los asuntos que quedaban al cuidado del padre de mis dos hijos se parecía al seguimiento que daba a ellos para que cumplieran con sus cosas.
Nunca sentí que la terapeuta me entendiera cuando le explicaba esto.
Ella no tenía hijos con discapacidad.
Pero sé con certeza que, si me estás leyendo siendo mamá o hermana que cuida de niños o niñas con discapacidad, me entiendes.
Y lo sé porque ahora existe literatura que documenta algo que yo entonces sólo podía sentir: que la sobrecarga sostenida en el tiempo puede tener consecuencias importantes sobre el estrés y el agotamiento.
¿Se alivió mi sobrecarga?
Lamentablemente, la ilusión de que con la custodia compartida que acordé durante el proceso de divorcio se distribuiría también la responsabilidad sobre las necesidades familiares no se materializó.
Pero el divorcio sí me ayudó a recuperar espacios de tiempo para mí.
Y con esos espacios podía tolerar mejor la sobrecarga.
¿Por qué?
No era que los quehaceres de la casa no estuvieran repartidos. Lo estaban.
Lo que no estaba repartido de la misma manera era la responsabilidad de pensar en todo lo que había que hacer y de asegurarse de que se hiciera.
Es decir: coordinar citas, asistir a ellas, mirar qué hacía falta, hacer listas, asignar tareas, recordar lo pendiente y asegurarse de que todos los pasos del proceso se completaran a tiempo para atender las necesidades de los chicos y del hogar.
Y eso es precisamente lo que la literatura más reciente ayuda a poner en palabras.
Un estudio publicado en 2023 señala que, a diferencia de otras formas de tareas domésticas, las parejas rara vez negocian de manera explícita el reparto de las tareas cognitivas, en parte porque carecen de un vocabulario adecuado para hablar de ellas (Robertson et al., 2019). Por eso el reparto de estas tareas puede terminar siguiendo normas y expectativas de género, dando lugar a una distribución desigual del trabajo y a una especialización en determinadas tareas (Ridgeway y Correll, 2004; Dean et al., 2021; Luthra y Haux, 2022).
En consonancia con esto, Daminger (2019) encontró que, entre parejas de clase media-alta que se consideraban en gran medida igualitarias, las mujeres tendían a realizar la mayoría de las tareas relacionadas con la previsión y el seguimiento, mientras que las tareas de toma de decisiones —especialmente las relativas a asuntos costosos o de gran trascendencia— se repartían de forma más equitativa.
Andreas Haupt, sociólogo que trabaja en el Instituto de Tecnología de Karlsruhe (Alemania) y coautor del estudio, explicó a la publicación web Sinc, Ciencia contada en español, que investigaciones recientes apuntan a que estamos pasando por alto una dimensión crucial de las tareas domésticas: el trabajo cognitivo.
Este incluye planificar, organizar, programar, anticipar, seleccionar opciones o recordar cosas. Y, según Haupt, grandes cantidades de estas tareas (además de otras labores remuneradas) pueden aumentar considerablemente los niveles de estrés de las mujeres.
También hace una distinción importante: no es necesariamente el trabajo cognitivo en sí lo que estresa, sino las tareas complejas, frecuentes o sobre cuyo resultado se tiene escaso control. Según explica, las mujeres asumen este tipo de funciones con mucha más frecuencia y en mayor proporción que los hombres, y por eso presentan niveles de agotamiento significativamente más elevados.
¡Qué coincidencia! La tarea de participar en las reuniones de PEI parece hecha a la medida de esa descripción: «compleja, frecuente y con escaso control sobre el resultado.
¡Ay, mira, bye!
Me han entrado deseos de coger la cartera e irme.
Cuando me reponga un poco de tanta realidad, regreso.
Pero, antes de irme, te deseo mucha fuerza, mamá que me lees, si todavía tus hijos están en edad escolar.
Se puede.
Mis hijos adultos están felices, y esa siempre fue la meta.
Hasta la próxima.
(**Aquí la cita del artículo publicado en línea en 2023 al que hace referencia este artículo: Haupt, A., & Gelbgiser, D. (2024). The gendered division of cognitive household labor, mental load, and family–work conflict in European countries. European Societies, 26(3), 828–854. https://doi.org/10.1080/14616696.2023.2271963 )

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