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Los duelos invisibles de las maternidades atípicas

Todavía recuerdo la ilusión con la que preparé el primer cumpleaños de mi hijo.

Había pensado en los detalles, en la comida, en los invitados. Era su primer año y yo quería celebrarlo. Pero, sobre todo, estaba feliz porque mi papá iba a estar allí.

Yo estaba contenta. Realmente contenta.

Hasta que comenzó la fiesta.

Y entonces, el cumpleañero decidió que no quería celebrar.

No recuerdo cuánto tiempo duró aquel episodio. Lo que recuerdo es que me pareció interminable.

Lloraba desconsoladamente. Yo intentaba cargarlo, calmarlo, distraerlo. Cambiaba de posición. Probaba una cosa y después otra.

Nada funcionaba.

Llegó un momento en que ya no sabía qué hacer.

Incluso recuerdo haberlo dejado en el piso por un rato, mientras continuaba llorando, como atrapado en un estado del que no encontraba la manera de sacarlo.

Yo lo miraba sin entender.

No había una razón evidente. No sabía si algo le dolía, si algo lo había alterado o si simplemente estaba teniendo un mal día.

Mientras tanto, la fiesta continuaba.

Los invitados estaban allí, pero yo prácticamente no podía atenderlos. Mi atención estaba completamente puesta en mi hijo.

Y entonces apareció otra sensación.

Las miradas.

Sentía que todos me miraban.

Quizás no era así. Quizás algunos estaban preocupados. Quizás otros simplemente no sabían qué hacer. Pero yo lo viví como si estuviera en el centro de todas aquellas miradas.

Era el primer cumpleaños de mi hijo.

Se suponía que yo debía estar disfrutando.

Y allí estaba yo, tratando desesperadamente de calmar a un niño que no dejaba de llorar y sin entender qué estaba pasando.

Mi papá observaba.

Lo recuerdo mirándolo detenidamente.

No me dijo nada.

Tampoco yo tenía nada que decir.

Solo recuerdo aquel silencio mientras él observaba a su nieto y yo intentaba, una vez más, encontrar la manera de consolarlo.

Hoy, muchos años después, pienso que quizás él también percibió que aquello no parecía un episodio cualquiera.

Pero entonces no teníamos una explicación.

Yo tampoco sabía qué estaba viendo.

Y mucho menos podía imaginar todo lo que todavía tendría que aprender a mirar, a interpretar y, eventualmente, a aceptar.

Ese día, sin estar consciente de ello comenzó un largo proceso de despedirme, una y otra vez, de algunas de las ideas que había construido sobre lo que sería mi maternidad.

Los duelos de una maternidad atípica no siempre llegan como grandes pérdidas.

A veces comienzan así.

En una fiesta.

En medio de un cumpleaños.

En el momento en que descubres que aquello que imaginabas de determinada manera puede ser extraordinariamente diferente.

Nadie imagina que tendrá que construir una maternidad diferente de la que había soñado.

Y, sin embargo, muchas maternidades atípicas se construyen a partir de pequeños y grandes desprendimientos: de expectativas, de certezas, de planes, de rutinas, de la maternidad que idealizamos, de algunas de las experiencias que dábamos por sentadas, de la mujer que pensábamos que seríamos y, a veces, también de posibilidades profesionales y económicas que habíamos imaginado para nuestra vida.

Pero hay algo que hace particularmente complejos estos duelos: no ocurren una sola vez.

No hay necesariamente un antes y un después de una única pérdida. No hay un momento preciso en el que algo termina y comienza el proceso de reconstrucción.

El futuro se reconfigura constantemente.

Lo que ayer parecía posible puede dejar de serlo. Lo que creíamos que ocurriría a cierta edad puede no ocurrir. Una evaluación, un diagnóstico, un retroceso, una nueva dificultad o incluso una comparación con lo que consideramos esperable puede obligarnos a volver a ajustar nuestras expectativas.

Por eso, en estas maternidades, el duelo no siempre tiene un cierre definitivo.

No porque la tristeza tenga que acompañarnos para siempre, sino porque la realidad que estamos aprendiendo a aceptar continúa cambiando.

El horizonte se mueve.

Y con cada cambio, también puede ser necesario desprendernos de algo que habíamos vuelto a imaginar, esperar o dar por posible.

Si nadie te enseñó que esto también es duelo, es muy probable que hayas pasado meses o años preguntándote qué estaba mal contigo por sentir tristeza en medio del amor.

No hay nada malo en ti.

Es duelo.

Y, como todo duelo, necesita espacio para existir.

No necesariamente para desaparecer, sino para poder ser reconocido, comprendido y atravesado mientras vuelves a construir, una y otra vez, la vida que tienes delante.


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